Se debe sembrar con la meta definida de obtener frutos. Sembrar la semilla no es la meta final. No es un fin en sí mismo. El terreno en que se siembra es de vital importancia versus los resultados. La cosecha dependerá de lo fértil que sea el terreno.
El esparcir la semilla en terrenos que se resisten, producirá poco o ningún resultado. Es necesario probar los terrenos con anterioridad para poder determinar si son fértiles o si se resistirán a recibir la semilla. La siembra inteligente es un requisito para una siega abundante
El terreno se considera de alta calidad, cuando tiene la capacidad reproductiva en gran cantidad. La calidad es una medida de la cantidad y esta a su vez es una medida de aquella.
Esta parábola nos habla de cuán madura está la cosecha y de que lo que hace falta es de obreros que la recojan.
Por supuesto que surgen preguntas. La más importante tal vez sea ¿en qué deben concentrarse los obreros? ¿Deberán ellos nivelar el terreno, cultivarlo, cercarlo, o fertilizarlo? ¿Serán estos responsables de podar los árboles?. Todas estas actividades pueden ser importantes a su tiempo, pero en Juan 15 vemos algo esencial: debemos concentrarnos en los frutos. La cosecha hay que recogerla.
En Juan 4:35 se nos da la base bíblica para determinar una estrategia eficaz. El fruto debe ser recogido cuando está maduro. No debemos permitir que el fruto o la cosecha demore y se pudra en el campo. Que se pierda por falta de obreros o maquinarias o transporte. Esto puede compararse con la cosecha de almas. En este mundo muchos se están perdiendo porque la iglesia no ve que los campos están listos para la siega.
Al Sembrar, Cultivar y Cosechar la “buena semilla” uno está cumpliendo con el mandato del Señor de la mies, Mat 28.19 y también con la Gran Comisión.